"Estaba en tercer año del colegio secundario, más o menos por el año 2004, cuando tenía quince años, entonces estaba este chico que era jugador de rugby profesional, alto, grandote. Y yo tomando mis hormonas de crecimiento porque siempre mi sistema fue una mierda.
Entonces el pibe se aprovechaba de mí. me hacía las mil y una.
En taller, cuando nos quedábamos a contraturno, por alguna razón que en ese momento escapaba a mi inocente mente virginal y a mi cuerpo asexuado, él se sentaba al lado mío, aunque me odiaba y me maltrataba.
Por abajo de la mesa manoseaba mi rodilla, me pega puñetazos en la pierna, me pellizcaba la cola, etc...
Esto iba, obviamente, acompañado de agresiones verbales. Y sin embargo él no se despegaba de mí, parecía hasta gustarle y hacerle gracia la situación de vulnerabilidad en la que me ponía, no teniendo yo oportunidad ni armas con las cuales defenderme.
Conforme pasaban los meses, cada vez que ibamos a taller se ponía peor, pero yo no decía nada, hasta ése fatídico día...
Era el taller de motores, el único en el cual me destacaba realmente. El profesor nos había dejado midiendo las luces de válvulas en equipo. Por supuesto, él pidió inmediatamente ser mi pareja, sin darme la posibilidad de negarme. Se tiró a dormir un rato miestra yo trabajaba.
Cuando se despertó fue que la cosa se puso realmente fea. Me agarró por atrás y empezó a hacerme poses sexuales, frente a todo el curso. Me humillo públicamente como si aquello que estaba haciendo no implicaba ponerse en un sitio homosexual él mismo. Claro, lo que mis compañeros no se daban cuenta era que detrás del mameluco, su pene estaba erecto; sólo yo sentía eso.
Siguió molestándome por un buen rato hasta que agarró un destornillador, me sentó contra sus rodillas y me lo clavó en el culo.
Y ahí me quedé, helado, frente a los ojos de todo el mundo. Humillado como nunca antes me habían humillado"
(sin parpadear, una lágrima cae por mis ojos)
"Entonces me dispongo a tener un poco de dignidad e ir al baño a encerrarme a una cabina a llorar.
Llegadas ya las cinco de la tarde, el profesor, sin aún tener idea de nada de lo ocurrido, mandó a buscarme. El ofrecido, fue él, naturalmente.
Abrió una a una las casillas hasta que me encontró ahí tirado, llorando, inmóvil. Me dolía la cola, pero más que nada me dolía el alma.
Rápidamente se medió y cerró la puerta, me hizo parar, me puso contra la pared, me tapó la boca en una toma inmovilizándome y empezó a masturbarse. Cinco minutos después, se limpió en mi mameluco y se fue, dejandome tirado. Mi desesperación me paralizó y sólo me permitió llorar sin emitir sonido.
Allí quedé, hasta las siete, cuando el colegio ya estaba vacío.
Me fui a mi casa y esa noche no comí y lloré hasta desmayarme y quedarme dormido.
A la semana siguiente el cambió su lugar y nunca más volvió a dirigirme ni siquiera una mirada.
A mí ya no me importaba porque en mi ojos algo había cambiado y ya no iba a encontrar nada que se la devolviera.
Mi inocencia estaba en mil pedazos y a él nada le importaba.
Ni a mis padres le importaba, lo cual me hizo entender cuán poco represento para las personas en este mundo.
Nunca hablé con nadie de esto. Me tomó tres años sacarlo y, por más que finja, me hizo mierda, en todo sentido. Increíblemente, mi psicóloga fue la única que pudo mostrarme cuán malo había sido este episodio e hizo que dejara de echarme la culpa a mí mismo y empezara a culpar a Martín por lo sucedido.
Tiempo después me enteré que le gustaban los travestis.
Paralelamente, empecé con los vómitos, luego suprimí la comida por completo y aún así no captaba la atención. Exigí que alguien me suprimiera y hasta publiqué un blog pidiéndole a cualquiera desde el título que terminaran con mi condenada existencia. Después me empecé a cortar, consumir drogas, dos intentos de suicidio para que finalmente mis viejos me dieran bola...y ahora viniste vos...a desorganizarme psíquicamente..."
Los gemidos provenientes de los otros cuartos cortaban el silencio entre nosotros. Nunca habíamos tenido sexo y esta no había sido la excepción. El se conformaba con tocarme los huesos y masturbarse. Yo me conformaba con que pretendiese que me amaba. Era enfermizo y me estaba aniquilando.
"Mirá, A., yo por lo que veo es que sos una prostituta histérica. Seguramente al chabón lo provocaste, como haces con todo el mundo, entonces el pobre chabón tuvo que hacerlo. Sos una puta, naciste puta y vas a morir así. Sos histérica y sólo te vas a curar cuando un depravado te viole por la calle..."
Me hice a un lado, adopté posición fetal y empecé a llorar.
Alcancé de la mesita de luz mi billetera y me tomé dos ansiolíticos y comencé a cortarme con la Gillete. El continuaba tocándose y no tardó en llegar su orgasmo. Poco le importaba mi situación.
Esa fue la última vez que lo ví. Luego me internaron de vuelta, más gravemente. Duré una semana, mis viejos no querían que nadie se enterara de la patética situación, siempre encubrieron todo. A nadie le gusta tener un hijo loco, obvio.
En mi colegio presentaron parte de gripe, pero todos sabían la verdad, ya estaba en quinto año, nos conocámos mucho...
Mi psicóloga y psicopedagoga me ayudaron a salir del pozo en el que estaba y logré, por fin, descontracturar la figura psicopática de Daniel.
Esa tarde en el telo me marcó la vida.
Al igual que ese llamado telefónico hace 6 meses en el que me anunciaban su deceso.
Suicidio. Eso había cometido.
Paz, quizás haya encontrado.
Por mi parte, puedo decir que estoy en proceso de. Cosa que es importante.